sábado, julio 02, 2005

Recuerdos Centenario del INBA Internado Nacional Barros Arana

Extracto aparecido en diario El Mercurio en Mayo de 2002.
Los festejos vienen en grande. A partir del lunes y durante dos semanas se volverá a escuchar el ¡¡I-N-B-A...I-N-B-A...I-N-B-A... INTERNADO NACIONAL BARROS ARANA!! Los ex alumnos aún vibran al recordar cómo gritaban alentando a su colegio. Hoy, con el mismo entusiasmo, preparan el centenario de este Internado, que ha marcado a varias generaciones. De allí salieron 17 premios nacionales, un Presidente de la República, deportistas destacados, hombres públicos, generales de las Fuerzas Armadas, empresarios, etc. Personalidades de los más diversos ámbitos que hoy miran con nostalgia los años que pasaron en el primer internado público que se fundó en el país.De los valles y las colinas El Internado Barros Arana nació como resultado de la política de José Manuel Balmaceda en 1887 de impulsar la creación de escuelas, liceos e internados públicos en todo el país, con el propósito de "ilustrar al pueblo y enriquecerlo después de haberle obsequiado sus libertades civiles y políticas". El mandatario expresó: "el internado es una necesidad social derivada de nuestras costumbres y la dispersión de los dos tercios de nuestra población en los valles y colinas del territorio". Para suplir esta necesidad se habilitó un lugar anexo al Instituto Nacional.Sin embargo, las matrículas comenzaron a aumentar y muchos alumnos quedaron fuera por falta de espacio. Se decidió entonces construir un establecimiento nuevo y autónomo y para ello se destinaron cuatro manzanas en la calle Santo Domingo, al frente de la Quinta Normal de Agricultura. Se encargó el diseño del edificio al arquitecto francés Victor Henri Villeneuve, y el 20 de mayo de 1902, bajo la presidencia de Germán Riesco, el Internado Nacional abrió sus puertas e inició su vida independiente como un establecimiento destinado a acoger a los alumnos de provincia. Siete años después, cuando murió el educador, historiador y político Diego Barros Arana, el colegio tomó su nombre.El Internado contaba con instalaciones de primera: pista atlética, canchas de fútbol, piscina temperada, teatro, una gran biblioteca etc., lo que sin duda era atractivo para quienes iban a pasar varios años en el lugar. Sin embargo, lo que sedujo a los padres de mandar a sus hijos a estudiar a la capital fue el cuerpo docente que incluía a destacados maestros, quienes brillaban en sus respectivas disciplinas: escritores, filósofos, científicos, etc.Aunque en un principio las aulas se llenaron con alumnos que venían de lugares lejanos, muy pronto el prestigio del establecimiento comenzó a tentar a los mismos santiaguinos. Y es así como este internado se transformó en un gran formador de la clase media, pues generaciones de alumnos cuyos padres deseaban una educación laica, exigente y que los preparara para encarar la vida profesional pasaron por sus aulas.Respeto a las ideas Alejandro Jara Lazcano llegó nervioso a su primera entrevista con el rector Amador Alcayaga. El joven lucía orgulloso su insignia del Partido Radical. - ¡Ah!, le dijo el rector, veo que militamos el mismo partido. Pero quiero decirle que aquí venimos a estudiar y la política la dejamos fuera del colegio. Quiero que defienda sus ideas, pero con mucho respeto- . "Y esa era la principal característica del colegio: un respeto hacia las ideas y hacia las personas", recuerda el hoy abogado, ex diplomático y presidente del Centro de Ex Alumnos, quien se define como un provinciano nato. "Vivía en Los Ángeles en una típica familia de clase media. Impulsada por el espíritu de superación, mi madre me consiguió una beca en el Internado. Llegué en 5º año de humanidades y, a pesar de que venía de un excelente liceo de provincia, en el Internado se me abrió el horizonte y me proyecté a otros ámbitos que definieron mi futuro personal y profesional. El colegio nos entregó una formación valórica en la cual imperaban valores como la libertad responsable, la fraternidad y especialmente la tolerancia, basada en su carácter laico".Según Jara era un sello del colegio la vocación americanista. "El sueño de América unida era tan fuerte que el profesor Roberto Höfter, maestro de música, nos enseñaba todos los himnos nacionales de los países y además celebrábamos como propias las fechas conmemorativas de cada nación. El Internado además aceptaba alumnos extranjeros y los acogíamos con mucho cariño".También de provincia llegó el ex canciller, y actual presidente de la Academia de Ciencias Sociales, Carlos Martínez Sotomayor. Es presidente del Comité Organizador del Centenario y junto a él participa un entusiasta grupo de ex alumnos que pertenecen, en su mayoría, a la generación de los años 40. "Es que éstos son los años de gloria de los buenos colegios del Estado. En las provincias había excelentes liceos. Como alternativa existían los colegios católicos y privados que no tenían el reconocimiento del Ministerio de Educación", dice.Para Carlos Martínez la llegada al Internado no fue fácil. Su familia vivía en Copiapó y su padre quiso que realizara las humanidades en Santiago. A los 12 años lo embarcaron solo en el tren y lo encargaron al conductor. Al principio fue terrible: "me sentía muy solo, pero todos estábamos en la misma situación, por lo que de a poco me fui acostumbrando. Volvía a mi casa para las vacaciones y luego, cuando regresaba a Santiago, me encontraba con mis compañeros en el tren que partía de Iquique y al cual se subía una legión de niños en cada estación, todos alumnos del mismo Internado. Lo mismo ocurría antes del primer día de clases con el tren que venía de Puerto Montt".Como el 80% de los niños venía de provincias, dentro del colegio se aliaban por regiones. Señala que el Internado tenía una disciplina básica, muy llevable, y que inculcaban un gran sentido de responsabilidad. "Era un lugar muy ciudadano, había un espíritu cívico, se nos daba una formación humanista en una perspectiva de tolerancia y pluralidad". Agrega que existía un gran concepto de solidaridad y de apertura hacia los hijos de inmigrantes. Recuerda que cuando estaba en 4º año de humanidades el vicerrector le informó que llegaba un barco con huérfanos de la guerra. - Ud. se hará cargo de Federico Heller, que sobrevivió a un bombardeo en una ciudad checoslovaca y murió toda su familia- . "Y así lo hice, hasta que él muy pronto asimiló nuestra cultura. Se convirtió en un científico de prestigio, seguimos siendo amigos por muchos años, pero murió joven".Destaca sobre todo la enseñanza que estaba en constante renovación. Los profesores eran excelentes, con una gran vocación, y ser profesor en esa época tenía una connotación social muy amplia. Entre sus maestros figuraban Eugenio González quien fue Ministro de Educación y rector de la Universidad de Chile; Luis Oyarzún, decano de la Facultad de Arte; Julio Heisse historiador, Jorge Millas, filósofo, y Nicanor Parra, quien le hacía clases de física.Un vaso de cerveza Curioso que tantos ex alumnos recuerden con cariño un lugar donde dormían de a cien en cada dormitorio, en que los despertaban al alba con un timbre estruendoso, en el cual debían pasar todas las mañanas por las duchas heladas y donde muchos estudiaban en un lugar que por lo frío llamaban "Siberia"; "Se pasaba un frío de las re diablo", recuerda el ex Presidente Patricio Aylwin, sobre todo en la sección de los alumnos mayores. Pero "en general la vida era muy agradable, con pocas restricciones y un ambiente acogedor, a pesar de que éramos mil alumnos. Había mucho deporte y teníamos el mejor cine con los últimos estrenos. Además, yo tenía ciertas regalías. Mi madre me obligaba a tomar aceite de hígado de bacalao, el que se ingería con cerveza, por lo que todos los días antes de almuerzo pasaba a la enfermería y me tomaba un vasito de cerveza, lo que sin duda producía gran envidia, ya que el alcohol estaba totalmente prohibido".Aylwin ingresó al Internado en 1935 porque vivía en San Bernardo y el colegio al que asistía no tenía todas las humanidades. "Mi madre me sobreprotegía y no quería que su 'niño' se levantara a las 6:30 y anduviera solo en bus". Agrega que no fue difícil su adaptación, ya que ingresó con un primo, Angel Campos, y juntos también siguieron la misma carrera profesional y política. En el Internado se hizo muy amigo de su profesor de filosofía Eugenio González, quien luego fue senador socialista y con quien incluso le tocó hacer campaña.El ex Presidente recuerda especialmente su bochornosa primera clase de música. "El profesor Höfter me hizo pasar adelante y entonar el solfeo". - Afono, afono, usted no viene más a clases porque me va a echar a perder el coro. Por ahora, hágame una composición sobre Beethoven- le dijo.Para Aylwin el espíritu de libertad y civismo que se respiraba fue importante para su carrera posterior. "El Internado nos formó con disciplina, pero dándonos mucha responsabilidad. No recuerdo ningún castigo excesivo y le teníamos un especial cariño a Alejandro Crestá, el inspector general, un hombre estricto, pero muy humano".Inspectores universitarios Los ex alumnos tampoco recuerdan haberse quejado por las comidas, que no se caracterizaban por ser demasiado sabrosas ni variadas."Caseras pero regulares", dice Carlos Massad, presidente del Banco Central. "Comíamos en unas mesas bien largas, y los platos pasaban de mano en mano. Sin embargo, cuando había algo rico, muchos platos desaparecían y no llegaban a destino. Algunos alumnos los escondían debajo de la mesa para repetirse". En todo caso, todo se arreglaba con las golosinas que traían los miércoles los familiares, o ellos mismos, cuando regresaban del fin de semana. Massad fue presidente del Centro de Alumnos, y recuerda también con nostalgia su paso por el Internado a donde llegó porque uno de sus hermanos tenía problemas en el colegio al que asistía y decidieron internarlos a ambos."Mi hermano no resistió y se fue, y yo me quedé encantado. Me acostumbré, existía un ambiente de gran camaradería y confianza. Los debates, especialmente en materia religiosa y filosófica, en los que uno confrontaba sus ideas en forma limpia, eran una institución. Se respetaba la diversidad". Confiesa que allí nació su visión humanista cristiana de la vida y que mucho de lo que es hoy se lo debe al Internado. Además señala que nunca olvidará a la hija del cuidador de la Quinta Normal. "Era tan linda que a pesar de que nosotros salíamos todos los fines de semana y podíamos volver tarde el domingo, llegábamos antes para hablar con ella".Massad señala que tenían una relación muy estrecha con los inspectores, estudiantes universitarios que vivían en el Internado, quienes trabajaban en las noches o en turnos diarios a cambio de techo y comida.En esta categoría quedó el ex embajador José Miguel Barros, cuando estudiaba derecho. Barros cursó de 3º a 6º de humanidades en el Barros Arana, ya que optó a una beca para aliviar la carga económica de su hogar, luego de la muerte de su padre. "En el Internado recibí una formación íntegra, y los profesores eran tan estimulantes que marcaban nuestro futuro. Por ejemplo, Alejandro Crestá, mi profesor de historia fue decisivo para que eligiera una carrera humanista. Orestes Vera y Juan Guijón que me enseñaban idiomas me abrieron la mente para aprender bien otras lenguas". Agrega que la vida cultural era intensa: conciertos, coro, actos musicales, conferencias a cargo de Jorge Millas.José Miguel Barros señala que al principio le costó adaptarse. "Es difícil dejar a la familia, pero luego me acostumbré, tanto, que me quedé viviendo como inspector". Su tarea era mantener la disciplina y vigilar a los alumnos. "En general, todos se portaban muy bien. Como no había una disciplina exagerada los alumnos no se rebelaban y seguían las reglas. Por ejemplo, no se podía fumar, pero en 'Siberia' hacíamos la vista gorda, porque allí estaban los alumnos mayores, y a ellos se les dejaba más libre. Los inspectores teníamos comedores especiales, dormíamos en piezas individuales y nos llevábamos muy bien entre nosotros".El camino difícil Otro alumno que ingresó al Internado por su propia voluntad fue Alfredo Jadresic, ex decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y campeón sudamericano de salto alto. "Yo le insistí a mi padre que quería irme al colegio que mejor preparaban para el Bachillerato y por eso me matriculé en el Barros Arana. Descarté los colegios particulares porque no eran buenos. Hay que recordar que en general los hijos de la gente adinerada no seguían estudios superiores, porque se dedicaban a continuar la actividad de los padres. Una vez fui donde un amigo cuyo papá era político y cuando supo que yo quería estudiar medicina me dijo: 'Ah, usted ha elegido el camino difícil de la vida"'.Jadresic dice que le gustaba el régimen del Internado porque le permitía organizar sus estudios y nunca sintió ninguna restricción. "Fui director del Club de Ajedrez y me dieron la pieza del club como un premio a mi buen rendimiento. La instrucción que recibí fue de primer nivel, hay que pensar que la Escuela de Medicina sólo aceptaba a 50 alumnos y ese año ingresamos ocho estudiantes del Barros Arana". Sin embargo, el Internado se perdió a uno de los mejores deportistas del país, porque cuando Jadresic entró se declaró una epidemia de meningitis en el país y el colegio suspendió todas las actividades deportivas porque se creía que el ejercicio debilitaba el organismo. "Me hice deportista en la universidad, cuando a raíz de unas olimpíadas entre escuelas de medicina, a falta de alguien más con piernas largas me dijeron: 'Y usted a salto alto'. Jamás había saltado, me impulsé y salté 1,75 metro. Al día siguiente había varios entrenadores de atletismo de distintos clubes y ante mi sorpresa supe que me buscaban a mí. Ahí recién empezó mi carrera deportiva".Para otros, como el general (r) Roberto Guillard, el Internado sirvió como un paso decisivo para la Escuela Militar. Su llegada al Barros Arana se debió a una rápida decisión de su padre, quien estaba de agregado militar en Bolivia. Cuando Guillard tuvo que dar un examen de admisión en historia en un colegio boliviano, el padre leyó el texto de estudio... y lo embarcó a Santiago. "Estuve sólo dos años en el Barros Arana, pero allí aprendí a ser responsable, y fue la antesala perfecta para la Escuela Militar".Hasta ahora sólo palabras elogiosas para el Internado. Personalidades tan diversas como el benedictino Gabriel Guarda ("me gustaría hablar del colegio, pero no puedo porque los monjes no estamos para hacer declaraciones" ), Ivan Morovic, Hermann Niemeyer, Nelson Ávila, Miguel Serrano pasaron por el Internado. Aunque todos siguieron caminos distintos, hay consenso: el espíritu "inbano", palabra acuñada por los alumnos, seguirá siempre con ellos. ALUMNOS ILUSTRES Los más premiadosEl Internado Barros Arana debe ostentar el récord del mayor número de Premios Nacionales obtenidos por alumnos que salieron de sus aulas.Literatura:Nicanor Parra Sandoval, 1969Sady Zañartu Bustos, 1974Gonzalo Rojas Pizarro, 1992Alfonso Calderón Squadrito, 1998.Arte:José Caracci, 1956, Artes PlásticasAgustín Siré, 1972, TeatroCarlos Pedraza Olguín, 1979, Artes Plásticas.Historia:R.P. Gabriel Guarda Geywitz, 1984Ciencia:Hermann Niemeyer Fernández, 1983Danko Brncic Juricic, 1987, GenéticaGustavo Hoecker Salas, 1989, Inmunólogo.Ciencias Exactas:José María Maza Sancho, 1999.Periodismo:Carlos Sander Alvarez, 1964, CrónicaJulio Moreno Toledano, 1969, Crónica.Educación:Eliodoro Cereceda Arancibia, 1989.Ciencias de la Educación:Ernesto Livacic Gazzano, 1993.·EN EL INBANació la antipoesía Nicanor Parra es, sin duda, uno de los inspectores y profesores más recordados. Llegó como alumno becado desde Chillán, gracias a las gestiones de un maestro primario que vivía cerca de su Quinta, y a la Liga de Estudiantes Pobres que colaboró con vestimenta y útiles."Yo era muy pobre y por problemas familiares decidí ir a hacer mi último año de colegio a Santiago. Pero el paso de un modesto liceo de provincia al que se consideraba el mejor colegio de Chile fue muy difícil. Me puse al día con mucho esfuerzo y me saqué buenas notas". Parra es enfático en señalar que "sin Barros Arana jamás hubiera existido la antipoesía". Explica que en el Internado mandaban los deportistas. "El colegio era campeón de básquetbol y fútbol, por lo que a los atletas los consideraban héroes. A mí, Jorge Millas, Carlos Pedraza y Luis Oyarzún que formábamos un grupo de intelectuales nos llamaban 'los filósofos' y según los deportistas 'filósofo' era sinónimo de 'pelotudo'. Se dio la clásica rivalidad entre espartanos y atenienses. Decidimos que teníamos que revertir esta situación y para ser aceptados se nos ocurrió hacer un tipo de literatura humorística, con muchos chistes y bromas, que era aceptada por ellos. Fue una transacción en la que el 'último hombre' arrasaría con el 'súper hombre'. Se produjo el choque entre pedantería y vulgaridad; nosotros éramos los pedantes, ellos los vulgares y la síntesis dialéctica entre ambos es la antipoesía". Agrega que editaron una revista llamada "Revista Nueva", "pero los deportistas le cambiaron el nombre reemplazando la N por H".Parra terminó con honores y decidió estudiar ingeniería, leyes y al mismo tiempo matemáticas y física en el Pedagógico. Y la razón que lo llevó a interesarse en los números fue porque siempre le iba mal en ciencias y consideró que debía superar ese vacío. "Así fue como terminé de profesor, investigador y científico". Y así fue también que nunca más salió del Internado: entró como alumno, siguió como inspector y terminó como profesor. "Me aperné, es que era tan alto el nivel intelectual. Se trataba de un lugar pluralista, libre. Todos los profesores eran de grueso calibre, muchos de ellos fueron ministros, rectores de universidad, científicos destacados o premios nacionales . Y toda mi gratitud para su rector Amador Alcayaga, a quien quería como un padre".

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